Entrevista a SERGIO GUERRIERI
¿Qué es para usted la poesía?
SG: Pregunta que todos deberíamos poder
respondernos alguna vez. En mi caso, la poesía, es, quizá, un modo de apartarme
de la mirada central, hegemónica. Podría decirse que es un modo de encontrar y
disponer de aquello cuya existencia no se ofrece a “simple vista” o que, por
estar tan sumido en la densidad del mundo, no es fácil rastrear; un modo de
pesquisa, más real, más personal. No obstante, es la manera en que
historizamos: los poetas somos los verdaderos historiadores, ya que dejamos
asiento de la intimidad de una época: no de las generalizaciones, sino de lo
ínfimo que constituye la época y que nos constituye (por añadidura).
¿Podría usted contarnos un poco de su vida,
de sus obras publicadas, sus premios, su actividad literaria?
SG: Resumiendo, he comenzado a los 18, en
La Plata, con mi primer taller literario y hasta ahora, que tengo 45, no he
dejado de estudiar la poesía desde diferentes ámbitos más o menos formales.
Letras, corrección literaria, edición, coordinación de talleres; he estudiado
todo lo que se esperaba de alguien dedicado a la literatura; no obstante, los
espacios no formales son los que más me han ayudado a indagar en la profundidad
real del lenguaje.
Desde hace más de 25 años dicto la
formación para escritores y desde hace 3, la formación para coordinadores de
talleres literarios. Constato que educar es uno de los mejores modos de
aprender, así que se diría que no he dejado nunca de pensar la escritura, casi
obsesivamente, como si esa fuera la marca que quema en esta vida.
Mi primer libro se publicó en 2008
(Desnudos en Quarently, Ed. Del Dock); el segundo, en 2013 y obtuvo la primera
mención en el Premio Javier Adúriz (Ritual de cacería, Ed. Del Dock); el tercer
libro fue merecedor del 2do Premio en el concurso internacional Victoria Ocampo
(Pozo, Ed. La Biblioteca); el cuarto libro obtuvo el Primer Premio Rubén
Retches (Los placeres culpables, Ed. Ruinas circulares) y Cría, mi quinto
libro, es el que cierra el ciclo por el momento.
En la actualidad, estoy escribiendo dos
nuevas obras aquí en París, donde resido actualmente.
¿Cuándo empezó a escribir? ¿por qué?
SG: Comencé a escribir para entender. Lacan
decía que el poeta era el analista que sabía hacer con el lenguaje. La poesía
llega como un modo de lo abierto del mundo en mi propio modo de entenderme. Uno
podría pensar que la poesía nos aísla, sin embargo, es lo contrario: pone la
observación sobre los límites y nombres de todo lo que existe. Si uno es capaz,
trasciende esos límites y se encuentra con el mundo de la densidad, de la
filosofía, de lo omitido, de lo que deliberadamente el poder nos ocultaba, etc.
Esa instancia de descubrimiento nos religa con los propios límites de nuestra
intimidad, de nuestra humanidad; de ese modo uno logra la expansión.
¿Cómo definiría a su poesía?
SG: No podría definirla, “cambio bajo mi
piel de perro a lobo”, escribía Orozco. No intento sostener un estilo, cada
libro nuevo es una oportunidad para revisar otro modo de mí, empezar otro
juego, descubrir una nueva perspectiva y eso me lleva a diversificarme. Creo
que esa es la “definición”: una poesía diversificada.
¿Qué autores influyeron en su poética?
SG: Algunos autores fueron un faro, otros
un límite, otros expandieron el camino, otros ampliaron las opciones… Siempre
que se tiene ante sí un gran libro, hay que estar dispuesto a la
“contaminación”. Siento un especial amor
por los autores crípticos o aquellos que me dejaron, por años, pensando sobre
sus textos. Me he fascinado con Girondo, con Borges, con Apollinaire, con
Heidegger. He aprendido después a dejarme conquistar por el trabajo de
Mallarmé, Baudelaire, Duras, Aira. Barbery, Houellebecq, Krasznahorkai, Byung
Chul Han y tantos otros. No podría nombrar a todos los autores que me han dado
esta vida. Los respiro inconscientemente y sé con el cuerpo, que les debo esa
respiración. “Escribo con la biblioteca en la espalda”, dice siempre una amiga.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con
su poética?
SG: La poesía nace de una mirada divergente, marginal y no complaciente –si se quiere-. Creo que la vida actualmente se concentra en exceso sobre miradas puestas en el mismo centro: el centro de las cosas, el centro de la masa, el centro del mundo, el centro del éxito… No obstante, estoy convencido de que esa centralidad no aloja a las subjetividades, sino, muy por el contrario, las rechaza. Creo que me haría muy feliz si mis lectores se sintieran tentados a correrse del eje central y descubrir la propia órbita gravitatoria, sin dejarse tentar por lo que brilla en el centro, sin pensar más que en ese propio modo de viajar.
¿Qué poema elegiría usted si tiene que
optar por uno en especial? ¿Por qué?
Este texto viene de una serie sobre el
hambre.
Dentro de la sonrisa no hay víctimas,
lo que mastica esa sonrisa es un grito,
un sonido lineal, agudo como la pesadilla,
pero en su latido interno e insoportable
se aloja la vulnerabilidad de la muerte.
Dentro de esa membrana blanda
que cubre las entrañas, yo te he desnudado,
mi amor, tantas veces…
hasta convertirme en una línea aguda
que no supe sostener en la boca.
Nunca me gustan del todo mis textos. Este,
por ejemplo, es un poema en el que he puesto mucha atención a la omisión; sobre
todo, siempre que lo leo me impresiona la transformación: algo se deshace en la
boca y no se sostiene ni como grito, ni como palabra, ni como alimento, ni como
saliva. “Él” es algo que no sacia, aunque yo lo convierta en dolor o en placer.
¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo
largo de los años?
SG: Cuando uno recién comienza, quiere
impresionar, pero además está lleno de inseguridades. Al principio mi trabajo
con el lenguaje era críptico, demasiado selectivo. Desnudos en Quarently (ya se
puede ver el título) es un libro pretencioso que no aloja a los lectores. Con
el tiempo he pretendido soltar el lenguaje, dejar de sujetarlo para que por fin
se abra. La apertura, como bien nos propone Umberto Eco, es el modo de
encuentro con el lector. No obstante, todo el tiempo trabajo en una tensión que
oscila entre yo y el otro, yo y el lector. De modo tal que esa “Paradoja del escritor”
de la que hablaba Marguerite Yourcenar hoy me ayuda a pensar en el lenguaje
como un facilitador y no como un mero juego exploratorio.
Creo que jamás dejaré de sentir que trabajo
dentro de una tensión, en la que yo es yo, a la vez que yo intenta ser parte de
lo que espera el otro.
¿Para usted se nace o se hace escritor?
SG: A esta altura del partido, quien diga
que “se nace escritor” debería tomar alguna pastillita y tratarse los delirios
de grandeza.
¿Qué consejos le daría a un joven
escritor/escritora que se inicia en este bello camino de la PALABRA?
SG: Creo que hay conocimientos que deben
adquirirse si no se tienen, porque para escribir son herramientas esenciales.
Le diría que comience por revisar si cuenta con ellos: la primera de estas
herramientas fundamentales es la paciencia; poco podrá trabajar en poesía quien
no disponga de paciencia. La segunda facultad esencial es la lectura crítica:
poder ahondar en la lectura de un poema no tiene que ser un lujo, es una
obligación. La tercera de ellas es la creatividad. Luego de 25 años como
docente, puedo asegurar que ni nuestra educación inicial, ni la educación
secundaria, ni –obviamente- la educación universitaria exploran o desarrollan
la creatividad. Sin creatividad, sin ideas novedosas, ni imaginación poco se
podrá trabajar en la escritura. Leer, no para que los nuevos poetas digan “esto
ya lo conozco”, sino para que se expanda el universo de lo posible.
¿Cómo ve usted actualmente la industria
editorial?
SG: Del mismo modo que todo en la Argentina
del 2026: sobreviviendo. Las editoriales de poesía hacen el mayor esfuerzo por
crecer –dentro de lo posible-, por diversificarse y, sobre todo, sostenerse. No
sé si les podemos pedir más. La cultura agoniza por donde se la mire.
Si tuviera que recomendar un libro de
poesía, prosa, cuento, novela etc ¿Cuáles recomendaría?
SG: Sin lugar a dudas, nada del siglo de
oro español o cosa que se le parezca. Me parece tan ridículo decirle a alguien
que tiene que leer sonetos… Sí suelo preguntar, antes de hacer una
recomendación, qué temas los apasionan. Si me dicen fútbol, recomiendo autores
que escriben dentro del circuito de ese tema. Si me dicen erotismo, igual. Pero
encuentro que nadie tiene que leer nada, la literatura es una elección y cada
quien tiene que tomarse el trabajo de investigar a los autores que afinan con
él.
Distinto es el caso de quienes se están
formando para escribir, porque entonces sí tenemos que comenzar a pensar en
lecturas que guíen y que ayuden a conocer el panorama artístico y el universo
técnico de la poesía (o el del género que sea).
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión
de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos,
revistas virtuales, ñusleter, blogs etc?
SG: En sí mismas no están ni bien ni mal.
No encuentro que sea un tema sobre el que hay que opinar. Es el modo en el que
los lectores acceden a lo que buscan. También funcionan muy bien para la
difusión.
No obstante, sí hay un aspecto que me
inquieta, es que la difusión se asocia con inmediatez y falta de revisión. No
dejo de ver autores que publican lo que han escrito al instante de haber
terminar de escribirlo. ¿Quién puede pensar que un poema recién escrito no
merece relecturas, correcciones, cambios, revisiones? ¡O rehacerse! El texto es
un proyecto, es un proceso, es una meditación que tiene su tiempo de
construcción y maduración. Eso lo sabemos todos. Pero cuando no pasa, el
resultado es catastrófico: el texto es un impulso ingenuo, cuando no un
pensamiento inútil lleno de cortes de “verso”.
Por último ¿Quiere usted agregar algo?
SG: Sí. Agregaría que este es un país que
ha dado grandes escritores (de los mejores, quizá), poetas que se han
convertido en referentes para todo el mundo. Tenemos todo a nuestra disposición
para usar esos “genes” y convertirlos en una Historia de compromiso con la
literatura.
Sergio Guerrieri
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