Entrevista a IRMA VEROLÍN
¿Qué es para usted la poesía?
Joseph Campbell dice que los mitos son los
sueños del mundo. En la cultura actual donde cunde el desencanto reinventamos
mitos a través del arte, la poesía sigue allí conectándonos con un origen, el
de la palabra desnuda, abierta a múltiples significaciones. Este artefacto tan
esencial que condensa sentidos es algo
parecido a una llave que abre la puerta clausurada de los símbolos. Considerando que actualmente todo tiende a la
dispersión, optar por la poesía que
aglutina lo fundamental y funciona como un espejo para que los sueños del mundo
continúen siendo soñados es una buena manera de actualizar el mítico mundo
simbólico. Para mí la poesía es
justamente ese espejo que, en forma
personal, me permite indagar, auscultar, profundizar en relación con mi propia
identidad, el mundo y el tiempo.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida,
de sus obras publicadas, sus premios, su actividad literaria?
Desde muy niña cuando mis amiguitas
confesaban que anhelaban casarse y tener
hijos yo ingenuamente repetía: Yo voy a
ser la directora de la revista “Vosotras”, porque era lo que leíamos las
mujeres en mi barrio, mi referencia literaria fue una revista femenina, de esas
llamadas “del corazón”, lo que en
realidad quería decir era que optaba por la literatura simplemente. Después
llegaron los libros. La poesía estuvo primero de modo comprometido, mientras
estudiaba letras en la UBA copiaba mis poemas con carbónico en la máquina de
escribir mecánica y los repartía… Insistí
en la poesía, talleres, años y años
pero no me convencía el resultado, la abandoné para dedicarme a la narrativa, sin embargo
más adelante la poesía finalmente me volvió a encontrar. Gracias a los premios
literarios, Fondo de las Artes, Emecé, Internacional de novela y otros tantos
pude publicar a partir de 1988. Tuve una etapa en que me dediqué a la
literatura infantil, la que un buen día concluyó. Me gusta escribir ensayos
además de novelas y libros de cuentos, la poesía me convoca a la escritura casi
diariamente, obtuve algún premio en ese género así como de ensayo aunque no
tantos como en narrativa. Si miro hacia atrás no concibo otra vida más que la
ligada al quehacer literario y lo agradezco porque fue y sigue siendo mi
salvataje emocional.
¿Cuándo empezó a escribir? ¿por qué?
Es difícil establecer un mito del origen
preciso, yo diría que en mi caso hubo varios. El peso de la oralidad, las
historias que se contaban en voz alta o con voz apagada en la casa, en el
barrio fueron un germen, nunca pude alejarme de ese núcleo sabroso de lo popular
que prevalece a veces en un giro verbal en algún verso en los poemas que
escribo. Surge una chispa que aviva desde el inicio el deseo o la intensa
necesidad de optar por el arte en una sociedad que no pide que nos dediquemos a
ese oficio, ¿Se trata acaso de la natural avidez por descifrar el misterio?,
sospecho que hay algo que traemos antes de que comencemos a tejer la propia
biografía. El por qué está en la carencia, en lo que falta, en lo que creó la
hendidura, en el agujero existencial y la palabra literaria surge entonces como compensatoria y
restauradora, está también en el ahogo que produce el desconocimiento frente a
lo que abruma o aturde, en este sentido
la palabra es un trampolín y un escenario, a veces el único posible, el
único transitable. La temprana muerte de
mis padres, la orfandad, la pérdida de dos de mis hermanos, la disgregación de
la familia en mi caso han sido detonantes de ese por qué, supongo. El misterio
que se instaló delante de la niña que fui sigue proporcionándome los grandes
interrogantes que me empujan diariamente a vivir en un universo literario.
Ahora “el cuándo” no parece inscribirse en un registro temporal, garrapateé los
primeros papeles que encontré apenas comencé a escribir, fui la niña que
recitaba en la escuela en los actos escolares, la que leía sus composiciones
públicamente. A los trece años comencé un diario personal que no he abandonado
hasta hoy.
¿Cómo definiría a su poesía?
Mi poesía se caracteriza por la nitidez de
la imagen y la intensidad de la emoción
y, a su vez, una temática acotada como lo es también la de mi narrativa. En poesía me centro
generalmente la percepción de la cotidianidad,
pero noto que últimamente la
escritura se va perfilando en torno a
tres elementos: la niña, la noche y el mundo. La niña, sujeto de la enunciación
o “yo otro” impone su voz y su mirada en el cuerpo del poema, es de algún modo
una transposición del yo. La noche es el espacio único, posible para ser habitado aunque en realidad
funciona como no lugar y el mundo se
vuelve un sitio inaccesible, una suerte
de escenario aspiracional siempre ajeno, siempre distante. En ciertas ocasiones un poema se desprende
de un cuento e incluso de una novela ya publicada. Mi universo literario lo
fundé con la publicación de mi primer libro de cuentos “Hay una nena que gira”
y cada vez más siento que todo lo que he
escrito posteriormente es un despliegue y profundización de ese núcleo original
ya sea cuento, novela o poema. Entiendo
que además, la memoria y la evocación del pasado son como un sello que me
caracteriza en todo lo que he producido
hasta el momento.
¿Qué autores influyeron en su poética?
Fue Alfonsina Storni algo semejante a una maestra en mi juventud.
Pero enseguida el interés fue copado íntegramente por Pizarnik de una manera
arrebatadora. Ahora entiendo que di un paso al costado para irme a la narrativa
- una narrativa que siempre avanzó hacia la lírica de todos modos- porque no
podía escribir como Pizarnik. Me costó encontrar una voz poética que no fuera absorbida por ese deseo de ser ella. Hubo
muchos autores y autoras, incluso la narrativa de Demitrópulos incidió en mi
poética. Hoy me pregunto hasta qué punto una mirada como la de Onetti con sus muchachas y su melancolía que tanto
me subyugó no está también atravesando mi poética lo mismo que las novelas de
Marguerite Duras. Por citar algunos autores y autoras del principio: Pavese,
Lorca, Neruda, la Orozco… y la lista se vuelve casi interminable con el tiempo,
en lo más cercano cito a Sexton, Plath, Olds, Atwood como exponentes del
lirismo confesional.
Cuál es el fin que le gustaría lograr con
su poética?
Algunas corrientes religiosas suelen definir al pecado con “No dar en el
blanco”. El pecado literario sería algo semejante, no llegar al centro del ser del
lector o la lectora. La poesía tiene que atravesar simultáneamente varios
planos a la vez –el emocional, el racional, el trascendente- del sujeto que
está del otro lado, un lenguaje de condensación apunta hacia distintos aspectos
en forma conjunta, solo así es verdaderamente poesía, obviamente persigo el
objetivo.
¿Qué poema elegiría usted si tiene que
optar por uno en especial? ¿Por qué?
Si bien la pregunta me parece interesante
porque existirán sin duda poetas que encuentran un solo poema que logra
representarlos en mi caso no es así, tiendo a definirme por extensión y
agrupamiento de textos, no puedo elegir uno solo. Supongo que elegiría aquel
que escribí los 17 años que comenzaba:
“El remedio fue volverme loca”, simplemente porque fue el primero o este último
que estoy trabajando ahora titulado “Crueldad y belleza” porque es el último.
No sé si es porque soy demasiado novelera pero tener que seleccionar un poema se me antoja que me pone
en el mismo estado que experimentó el
personaje de la madre en la película “La
decisión de Sofía” cuando el policía
nazi le dice que escoja entre sus dos hijos
evidentemente para destinarlo a la muerte. No puedo elegir, los poemas
son mis vástagos. Por etapas me gusta más uno que otro y eso va cambiando de la misma manera que mis
preferencias de lecturas y mi percepción del mundo.
¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo
largo de los años?
Me animo a afirmar que hay un común
denominador, percibo cambios de matices pero desde el principio mi imaginario
fundó sus bases y no las cambió, las fue profundizando y en esa profundización
fue encontrando capas. Resultaría imposible que el lenguaje no cambie porque la
sociedad y la cultura sufren un estado
de mutación permanente y estamos sujetos a
esa constante modificación, el
movimiento vibracional del universo nos impregna. Aunque sin ser la excepción conservo vocablos cargados de
afectividad que vienen de mi núcleo familiar
y sigo siendo fiel a ellos, lo
mismo que a ese universo fundante que forjé en el inicio. Sin embargo es
posible que lo muy barroco de ciertas
etapas se haya aligerado por la
influencia de los discursos visuales que últimamente se entrecruzan con los
literarios, pero únicamente hasta cierto
punto diría yo.
¿Para usted se nace o se hace escritor?
Esa es la pregunta del millón, tendríamos
que entrar en temas filosóficos y psicológicos. Como dije en una respuesta
anterior creo que traemos un caudal desde el nacimiento y luego eso se potencia
o no con las vivencias especialmente las de la infancia. No apostaría todo a la
educación y a las influencias. Si no venimos con una necesidad básica fuerte
difícilmente optaríamos por el arte en
esta sociedad mercantilista. Tampoco podemos negar que hay experiencias
poderosas que tuercen o definen el curso de nuestra vida aunque me pregunto en qué medida no las
convoca una fuerza interior que vino ya con nosotros. Ciertas corrientes de pensamientos
afirman que el afuera es el adentro expandido,
entonces en el universo que tiene un alto grado de perfección y en el
que nada es gratuito, por una cuestión de afinidad vibratoria, hace que atraigamos aquello que somos. Por lo tanto me animo a decir que se nace
pero que, si no se realiza una tarea
ardua mediante un compromiso verdadero y
un trabajo continuo, el escritor o la escritora no afloran como creadores genuinos
y de calidad. En lo relacionado al
quehacer, al oficio apuesto al trabajo, a la conquista que solo el empeño y la
entrega a la tarea incesante brindan. En ese sentido soy constructivista.
¿Qué consejos le daría a un joven
escritor/escritora que se inicia en este bello camino de la PALABRA?
El de la persistencia en el trabajo como ya
dije en la pregunta anterior. La mentalidad burguesa le ha endilgado al arte el
mote de “actividad secundaria”, “hobby” o “ejercicio amateur”, caracterización
para nada inocente ya que el artista
suele ser la mala conciencia de su época y eso incomoda y pone en tela de
juicio al statu quo. Hoy sabemos que un artista es un trabajador/ra de la
cultura. Cuando era jovencita estudié guitarra clásica unos cuantos años. No
solo era preciso ejercitar las obras repetida y cansadoramente sino que tenía que
practicar las escalas diariamente por lo menos un tiempo determinado, eso me
enseñó mucho, del mismo modo que una bailarina está horas y horas con su cuerpo
esforzándose en la barra, escribir exige una
empeño similar, el lenguaje
necesita ser conquistado como la mano del guitarrista flexibilizada a diario y
el cuerpo de la bailarina debe ser
sometido a un continuo entrenamiento. Es
imprescindible una suerte de entrega, el lenguaje como instrumento no merece
nada menos. Y también una auto observación para hacer pasar el mundo a
través de la propia interioridad, el
autoconocimiento se vuelve indispensable para
generar un sistema propio o un universo original, descubrirse a una misma va de la mano con la
conquista del oficio. Hay algo del condimento del amor hondo en este oficio que
no está ajeno a una de las formas más entrañables de la pasión. Lamentablemente
en el imaginario colectivo prevalece una idea romántica de la creación basada
en la inspiración o el prejuicio burgués de que el arte no resulta del esfuerzo
y compromiso del trabajo, esa falsa idea
suele conducir a los principiantes al
fracaso.
¿Cómo ve usted actualmente la industria
editorial?
Comencé publicando en un país con
editoriales medianas que sostenían la calidad de lo que se producía,
desgraciadamente al poco tiempo, con la llegada de la globalización, la
megaeditoriales arrasaron imponiendo la
teoría del mercado. Yo entonces era narradora especialmente, aunque la poesía,
en cierto modo, se mantuvo al margen de este arrasamiento fue rozada. Las megaeditoriales absorbieron a las
editoriales que daban a conocer la creación original, desentendida de intereses
ajenos al valor literario. Sin embargo como respuesta a esto fueron
surgiendo las editoriales independientes que han permitido que las
nuevas voces encontraron un cauce y un espacio de expresión, liberadas de esta
fórmula impuesta por las grandes
editoriales que empobrecen las posibilidades expresivas en pos de un beneficio
económico. En este sentido siento que
hoy es más auspicioso el panorama con relación a lo que ocurría veinte
años atrás. El fenómeno de las editoriales independientes en nuestro país va en
forma paralela a otros procesos en diferentes áreas que, gracias a la
horizontalidad del nuevo paradigma –con su impacto en la conciencia humana
individual y colectiva-, que se
manifiesta en una valoración mayor del medio ambiente en su aspecto vegetal y
animal y en la conquista de derechos en
los géneros sexuales que sostienen la
diversidad, diversidad entendida como una nueva democracia. En lo referido a lo
estrictamente literario esta apertura a la diversidad nos está permitiendo salir de la dictadura
del mercado que empobrece, restringe y adocena
el concepto de literatura.
Si tuviera que recomendar un libro de poesía,
prosa, cuento, novela etc ¿Cuáles recomendaría?
“El libro del desasosiego” de Pessoa, la
obra de Alejandra Pizarnik, “Rio de las congojas de Demitrópulos”, “No hables
tan fuerte delante de la noche” de Etchecopar. Cualquiera de los de Irene
Gruss. “Poemas con bichos” de Severin, “Ancho mar de los zargazos” de Jean
Rhyss, “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” de Rilke, los cuentos de ficción
crítica de Borges y por qué no la poesía de Borges. Obviamente la lista sería
tan larga que no entraría aquí, nombré tan solo los que me surgieron
naturalmente ahora.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión
de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos,
revistas virtuales, ñusleter, blogs etc?
Estamos viviendo una revolución tecnológica
quizá superior a la llegada de la imprenta
durante el Renacimiento. Desconozco si estamos en condiciones de evaluar
este proceso ya que la humanidad se
encuentra inmersa en él. Personalmente me llevo bien con estos nuevos
mecanismos. En los noventa escribí una novelita juvenil que publicó Alfaguara
basada en el impacto de la llegada de la computadora personal en la vida de una
joven, así es que el tema me interesa. De cualquier forma creo que como todo lo
nuevo puede volverse un arma de doble filo.
Lo positivo es que democratiza la comunicación, pero a la vez corre el riesgo
de imponer “el todo vale”, de abaratar los resultados. Sospecho que el
desafío se centra en aprender a
discernir, a separar la paja del trigo. Sin embargo celebro todo aquello que
horizontaliza los mensajes y nos libera del rigor de un sistema autoritario
vertical y en ese aspecto considero que es una contribución a la libertad individual, especialmente en el área de la
comunicación y la creación artística. De pronto me resulta conmovedor que ya no
dependamos de un organismo tan férreo y dominante como un periódico impreso
pudiendo generar nuestros propios espacios de divulgación.
Por último ¿Quiere usted agregar algo?
Agregaría que agradezco la oportunidad de
reflexionar que brindan estos reportajes y a quienes como Gustavo Tisocco se
convierten en creadores de espacio y disparadores de una indagación. Son
ventanas que se abren a una misma, descubro que el reportaje una vez realizado
me devuelve algo parecido a la autorevelación,
además la reflexión de los y las pares me permiten seguir buceando en
los pormenores de este oficio fascinante que es hacer de la palabra un arte,
palabra que tristemente suele ser malgastada y bastardeada en medios de
comunicación. Quienes hacemos poesía, sin quererlo o queriendo, nos convertimos
en custodios de ese bien mayor que es la palabra que condensa las claves de
nuestra genuina identidad. No por nada las dictaduras apuntan a controlar el
discurso y la expresión artística, si no sabemos quiénes somos podemos convertirnos en futuros proyectos de
esclavitud. Ahora, enfocando específicamente la escritura poética tengo la
sensación de que este siglo le bridará
un nuevo lugar al género y tal vez también al relato breve, el siglo XX fue sin
duda el siglo de la novela, en la actualidad el formato comunicacional pide
otra medida y la tendencia a lo filosófico y espiritual del nuevo paradigma
tiende a superar el esquema racionalista del pasado siglo, por lo que la
poesía, con su búsqueda de aporte de un sentido más profundo y una exigencia de
la belleza formal, se ajusta más a la
tendencia de los tiempos venideros.
Irma Verolín
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