Entrevista a MARIANA FINOCHIETTO
¿Qué es para usted la poesía?
La poesía es como el tiempo entre respirar
y exhalar. Ese vacío que también es exceso.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida, de sus obras publicadas, sus premios, su actividad literaria?
Mi vida es muy sencilla, muy austera. Nací
en un pueblo muy pequeño, en una casa sin libros, pero con un patio extendido
hasta donde llegaba la mirada. Comencé a
leer siendo muy, muy chiquita, y mis padres, tal vez hartos de mi curiosidad,
me anotaron en la biblioteca pública, que fue también crecer en un campo
abierto.
Tal vez por eso escribo. Porque leer es
expandir el lenguaje más allá de los límites del habla. Y es expandir la vida más allá de los
contornos de una casa.
Tengo publicados varios libros; Cuadernos
de la breve ceguera; La hija del pescador; Jardines; Piedras de colores; El
orden del agua; Madura; Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche;
Patio; Trinchera; Desviadero. Mi Obra reunida 2014-2024 fue publicada en
México.
He participado de varias antologías y
publico en algunas revistas impresas y digitales.
Coordino, también, talleres y clínicas de obra.
¿Cuándo empezó a escribir? ¿porqué?
Empecé a escribir en mi adolescencia, como
tantos. Sonetos muy borgianos, pero pésimos. Leía con fervor, con furia. Escribía como emergente de ese exceso.
Luego tuve a mis hijos, y por veinte años
mi vida fue dedicarme a la crianza.
A los cuarenta años, un incidente me dejó
casi ciega. Y luego de mil exámenes, se
determinó que esa “ceguera” era emocional. Algo que no estaba bien, algo que
faltaba. Tal vez, algo que no podía modular con la garganta, sino que debía
escribirse con la mano. La misma razón, acaso, por la que los primitivos
dibujaron en las cuevas.
Fue ahí que volví a la escritura, y si no me abandona, yo no voy a dejarla nunca.
¿Cómo definiría a su poesía?
Mi poesía me acompaña mientras vivo, y como
yo, va cambiando según pasan los años.
Puedo decir que me gusta concentrarme en la
sencillez del lenguaje, trabajar profundamente en eso.
Que mi poesía se me parezca, incluso cuando
me disfrazo de otras.
¿Qué autores influyeron en su poética?
Sin dudarlo, Roberto Themis Speroni. Lo leí por primera vez a los dieciséis años y
aún recuerdo el estremecimiento al entrar en su lenguaje.
Mucho más cercanos, Watanabe, Escudero, Giannuzzi, Olds, Oliver, Negroni, Mujica.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con
su poética?
Es una pregunta que no sabría responder con
una sola definición. Pero supongo que
poder “comunicar” una emoción es suficiente.
Que se me comprenda, a través y más allá del lenguaje: esa ambivalencia
del escribir, que se da también como lectora.
¿Qué poema elegiría usted si tiene que optar por uno en especial? ¿Porqué?
Tengo un poema muy querido para mí, que
escribí hace tiempo para mis cuatro hijos, cuando empezaron a crecer. Ser mamá, para mí, es todavía más hermoso que
escribir, y mucho más desafiante.
MÁTER
Tengo unos zapatos rosas con brillitos,
que compré con devoción hace algún tiempo.
Son, sin dudar,
mis zapatos favoritos,
parecen flores mojadas por la lluvia.
Mis hijos se ríen de mí.
Mamá, tus zapatitos
son diamantes para pies.
Y nos reímos
porque es lindo reírse
de las cosas más triviales
con esa gente hermosa que uno quiere,
es como hacerse cosquillas con palabras.
A veces pienso
en el tiempo que se escapa
y en la sencilla fragilidad entre nosotros,
mientras crecen y crecen
lejos de mí hacia sus vidas nuevas.
Entonces golpeo
a escondidas
tres veces mis zapatos
y digo
"quiero recordar este momento para
siempre”.
¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo
largo de los años?
Tengo la sensación de que mis primeros
libros se “parecen” entre sí. La búsqueda que tengo, en mis últimos libros, es
que cada poemario sea un mundo organizado, de una atmósfera distinta a los
otros, en tono y forma.
Me gusta mucho jugar este juego.
¿Para usted se nace o se hace escritor?
Creo que se nace para decir fuera del
lenguaje utilitario. Pero no como un don, sino como un muñón de una lengua
fantasma que, si no logra expandirse, duele.
Sin embargo, un escritor debe “hacerse” a
través de la disciplina. Leer, leer hasta el hartazgo lo que nos guste y, sobre
todo, lo que no. Es la única manera de encontrar la grieta donde nuestra propia
voz pueda crecer.
¿Qué consejos le daría a un joven escritor/escritora que se inicia en este bello camino de la PALABRA?
Que se atreva a pisar el borde.
¿Cómo ve usted actualmente la industria
editorial?
Son tiempos muy difíciles para la cultura
en general. La cultura no debería ser un elemento de lujo (a pesar de que
tantas veces lo ha sido, y se ha restringido a las clases sociales más altas).
Creo que estamos frente a un sistema que
busca, más que sofisticación en la lectura, elitismo. Y eso deja a muchos
autores valiosos afuera.
Me gustan las propuestas de las editoriales independientes que hacen convocatoria (mis últimos libros se han publicado así). Me parece un acto valiente, del que me gusta participar aunque sea como espectadora.
Si tuviera que recomendar un libro de poesía, prosa, cuento, novela etc ¿Cuáles recomendaría?
Oratorio, de María Negroni. Y los cuentos
de Sofoco, de Laura Ortiz Gómez. Y un
verdor terrible, de B. Labatut.
Y miles. Miles.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, ñusleter, blogs etc?
Creo que “democratizar” el derecho a
publicar de cualquiera no le ha hecho daño a nadie. Nunca se ha tenido tanto
acceso a la poesía como ahora, a lo que nos gusta (y como señalaba
anteriormente) a lo que no nos gusta.
Habrá lectores diferentes para poéticas
diferentes. Algunas perdurarán, y otras no.
Por último ¿Quiere usted agregar algo?
Gracias a la poesía por tanto.
Mariana Finochietto
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