Entrevista a ANTONIO TELLO
¿Qué es para usted la poesía?
-Dado que la poesía admite tantas definiciones como poetas haya, la
limitación implícita en la pregunta me evita cualquier tipo de arrogancia, de
modo que simplemente le voy a dar un simple parecer, una mera creencia. Creo
que la poesía es una pulsión del alma, un principio de armonización del
espíritu humano con el mundo, sus habitantes y su naturaleza; un principio que
se activa con la voluntad del ser humano -el poeta- de hallar los caminos que
conduzcan la vida hacia el amor, el bien y la belleza.
¿Podría usted contarnos un poco de su vida, de sus obras publicadas, sus premios, su actividad literaria?
-Siempre
he sido pudoroso y más ahora que he superado los ochenta años en hablar de mí.
No creo que las autobiografías sirvan a otra cosa que a la vanidad de cada uno.
Lo que sí cuenta es la experiencia personal para sustentar la literatura que
uno haga buscando aquellos puntos en los que comulga con experiencias
similares. Sin duda esto nos lleva a hablar del yo del artista. Este yo es el
que nos habla desde algún lugar de nuestra conciencia y nos lleva a escribir, a
contar algo, pero este yo es también un él. Quiero decir que el artista no debe
confundir este yo con el yo personal, pues cuando así sucede le damos una
excesiva importancia a las circunstancias sociales que rodean al artista y a
sus creaciones. “Los corazones deshabitados de los apátridas no dicen yo”,
rezan unos versos de “Lecciones de tiempo”. Este es el motivo por el que no
participo en concursos literarios y reniego de los premios, aunque comprendo y,
hasta diría que acepto. las razones que dan aquellos que los buscan. A lo largo
de mi vida literaria, que ha dado lugar a más de sesenta títulos entre
narrativa, poesía, teatro y ensayos, además de unos doscientos libros
“alimenticios”, como llamo a los hechos por encargo editorial, he procurado
escribir con el mayor respeto a esa voz interior acorde con los valores éticos
que la sustentan.
¿Cuándo empezó a escribir? ¿por qué?
-Creo que escribo desde siempre si tengo en
cuenta que aprendí a leer y escribir a los cinco años, edad a la que entré a la
escuela y ese mismo curso ya leía las composiciones en las ceremonias de los
días patrios. También era el abanderado, aunque la bandera la llevaba un niño
de sexto (séptimo) grado dada mi escasa estatura física. Ahora bien,
literariamente empecé a escribir como un desafío. Cierto día leí “El
perseguidor”, de Cortázar, y la impresión que me causó este cuento magnífico
fue de tanto gozo y furia, que rompí el libro y me dije: “Si este tipo puede escribir
así, yo también puedo”. Así que me compré una Lettera 22 (que aún conservo) y
una resma de papel, también tabaco, una pipa y whisky. Ya en casa, puse el
papel en la máquina, tecleé el título del cuento y añadí “por Antonio Tello”. A
la mañana, cuando desperté con la cabeza sobre el teclado vi que no había
avanzado ni una línea, que casi había vaciado la botella y que tenía un dolor
horrible en el colmillo que sostenía la pipa, supe que ese camino no me
llevaría a la escritura.
¿Cómo definiría a su poesía?
-En
cierto modo la respuesta a la primera pregunta define la poesía que hago, pues
no sé si puedo decir que es mía. Ese yo que me habla cuando estoy en estado
poético es quien me induce a indagar, a buscar el conocimiento de todo lo que
nos concierne y que constituye la naturaleza humana. Desde este punto de vista
diría que la poesía que hago es de exploración.
¿Qué autores influyeron en su poética?
-Muchos. Después del rapto provocado por “El perseguidor” me di cuenta
de que no sabía nada de literatura, así que, para desespero de mi padre,
abandoné el segundo año de Ciencias Económicas, y me matriculé en el Instituto
Superior de Ciencias para “sistematizar mis lecturas”. Allí tuve profesoras
magníficas, como Cuqui Bilbao en letras españolas, Carola Brunetti, en
lingüística, y Monique Filloy, la hija de don Juan, en literatura inglesa y
francesa. Con ellas tomé conciencia de la tradición literaria occidental y de
la importancia de las estructuras de las lenguas a la hora de escribir
literariamente, que es un estadio superior a la simple redacción o a la mera
narración de una historia. Lo que acabé aprendiendo es que escribir es un acto
de comunión entre el escritor y el mundo y que eso supone una inmersión a
profundidades abisales, de cuyos secretos nunca podrás saber nada si navegas
por la superficie.
¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con
su poética?
-Supongo
que es el mismo como defino la poesía. Cada poeta, cuando es genuino, es una
suerte de arquitecto que elige las herramientas y el material más idóneos para
la obra que se propone construir. Hago hincapié en la calidad de genuino,
porque si bien cualquiera puede escribir, no todos están capacitados o tienen
el talento para ello, al igual que un albañil o un médico.
¿Qué poema elegiría usted si tiene que
optar por uno en especial? ¿Por qué?
-Si
se refiere a algún poema mío, le diré que todos mis libros, incluidos las
novelas, los cuentos y demás, son el mismo poema. Cada poemario, salvo el
primero, no son agrupaciones de poemas sino distintas aproximaciones a un mismo
eje temático que, cada vez, es más complejo de expresar dado que trata de la
existencia humana y de su ¿milagrosa? aparición en este mundo. Esto no
significa que desdeñe radicalmente esa poesía de circunstancias o de los
sentimientos y del yo que se hace en estos tiempos. Quizás, el poema que mejor
habla de mi poética es “Odiseo”, que aparece en “Sílabas de arena”*
¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo
largo de los años?
-Cuando
empecé a escribir me obsesionaban, principalmente, dos cosas, la síntesis, que
entonces definía como economía del lenguaje, y el estilo. Muy pronto me peleé
con adjetivos, adverbios y frases verbales inútiles, pero el estilo me costó
más hasta que di con una frase del conde de Buffon que decía algo así como “el
estilo es el hombre”. Entonces quemé todo lo que había escrito hasta entonces,
hacia 1968, y empecé a escribir como yo era, sin intermediarios, sin Cortázar,
sin Faulkner, sin Borges, un libro de cuentos, “El día en que el pueblo reventó
de angustia”, que se publicó en 1973. En este libro fundo mi universo literario
y en él nace mi “alter ego”, Manuel T. Todo lo que he escrito después ya está
perfilado en él; el lenguaje se ha ido depurando progresivamente. Este libro,
que fue reeditado por Cartografías y Uni-Río, editorial de la Universidad
Nacional de Río Cuarto, fue perseguido tanto durante el Gobierno peronista y la
Dictadura, que llegó a secuestrarlo y ordenar su quema en el Regimiento 14 de
Holmberg, próximo a Río Cuarto.
¿Para usted se nace o se hace escritor?
-Creo
que un escritor genuino, el que siente en el alma su vocación, es una
combinación de las dos cosas. Siempre digo que hay dos clases de poetas, los
que nacen con el don y los que tienen que aprenderlo. Yo soy de estos últimos.
Sin embargo, tal como cuento en “El maestro asador”, mis padres me educaron
para la sensibilidad y por este motivo el estudio de la literatura en el Instituto
Superior de Ciencias me fue tan útil. Aquí aprendí no sólo la historia de la
literatura, sobre todo la occidental, sino a utilizar la herramienta
fundamental de todo escritor que es el lenguaje; aprendí que, si desnudas la
palabra de todo oropel y adiciones innecesarias, ella potencia tu narración o
tu poema, porque el lector, aunque no sepa de qué se trata, siente la fuerza
semántica y la carga simbólica que ella trae consigo. Esto pone al descubierto
tanto al escritor como al lector adocenados, porque el primero recurre al
argumento, a lo explícito que tranquiliza al segundo ante su miedo a pensar que
lo que él imagina es la historia que lee pasada por el tamiz de su experiencia.
¿Qué consejos le daría a un joven
escritor/escritora que se inicia en este bello camino de la PALABRA?
-No soy dado a dar consejos, no soy un maestro, tampoco me creo Rilke o
Jacob, pero si les sirve de algo les diría que cuando sientan el llamado se la
jueguen y vayan tras él, estudien y no se crean que con ellos empieza la
literatura.
¿Cómo ve usted actualmente la industria
editorial?
-La
producción y difusión de los libros está totalmente condicionada por las
grandes corporaciones. Éstas son las que imponen los estilos -estilo
internacional llaman a aquel que puede traducirse a cualquier lengua sin
sobresalto para los traductores- y los autores, los cuales se acomodan a las
exigencias para tener un lugar en el mercado del libro. El libro ya no es un
producto cultural de naturaleza artística sino un producto de consumo masivo,
un “fast-book” fácilmente digerible y olvidable, pues la industria necesita
vender constantemente para mantener el aparato productivo. De forma más
silenciosa operan las editoriales independientes que tratan de atender las
necesidades de muchos autores excluidos del sistema, aunque algunas, dadas sus
precarias condiciones económicas, no editan bien ni filtran la calidad de sus
publicaciones.
Si tuviera que recomendar un libro de
poesía, prosa, cuento, novela etc ¿Cuáles recomendaría?
-Aunque he leído muchas obras maestras y todas muy recomendables, para
mí, el libro más importante y el que funda la literatura moderna es “El
Quijote”, que, aunque se presenta como novela, es un poema inmenso que nos
sumerge en realidades oscuras y contradictorias donde la única luz y sostén es
la calidad y fortaleza ética de su protagonista.
¿Qué opina de las nuevas formas de difusión
de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos,
revistas virtuales, ñusleter, blogs etc?
-Todos los recursos que brindan las nuevas tecnologías son buenos en la medida que se los utilice con responsabilidad y rigor para difundir producciones que actúen en favor del amor y el bien común.
Por último ¿Quiere usted agregar algo?
-Sólo felicitarlo, Gustavo Tisocco, por esta labor encomiable en favor de la poesía y la difusión de poetas, que lleva a cabo desde hace veinte años. Gracias por ello.
*“Odiseo”
Escribo.
Anudo palabras para conjurar el olvido.
El mar. El olvido es el mar,
la líquida circunstancia del tiempo,
y la memoria, esa borra de luz que dejan
los días,
acaso una isla. Ítaca, por ejemplo.
Navego a Ítaca.
Atado al mástil atravieso el laberinto
de voces que brillan y mudan de sentido.
Odiseo bajo las estrellas.
Extraño del mundo, su grito crece a la
deriva:
¿Dónde está Ítaca?
¿Dónde está la tierra que me nombra?
¿Dónde esta la palabra que habito?
Escribo.
Con un hilo de voz coso
la trama que me sustenta:
Odiseo enamorado de las sirenas
y, sin embargo, sujeto
al índice al cual se anudan las palabras,
a su nombre, al tiempo,
tejido y destejido a la distancia.
En Ítaca...[escribo].
Antonio Tello

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